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  • Roberta

Para usted, compañero



Llevo varios días –si no es que meses o más de un año- pensando en la masculinidad y mi relación con ella. Son muchos los temas que me convocan, pero hoy me centraré en uno particular.


Antes de continuar necesito decir que definitivamente sé que debemos hablar de masculinidades –en plural- ya que, la hegemónica, no atraviesa a todos los hombres por igual; que varios hacen un gran esfuerzo por alcanzarla, que algunos se resisten más que otros a cumplirla, y que otros tantos buscan ser disidentes.


Eso lo sé y no quiero dejar de tener en el horizonte la rigurosidad que mis maestras feministas me han enseñado. Aún con ello, hoy quiero salirme un poco de la teoría y hablar desde el sentir. Escribo –o trato- desde un sentipensar que me asalta todo el tiempo, desde la experiencia vivida y sentida como mujer mexicana, hererosexual y feminista, como amiga, hermana, hija, tía, compañera, amante…


Como feminista me pienso en todo momento: trato de devolver la mirada a mi misma y tratar de cuestionar mi propio estar en el mundo. Es decir, no dedico todo mi tiempo a pensar las desigualdades históricas entre hombres y mujeres, en las violencias que genera el patriarcado  y la enorme lista de injusticias específicas para las mujeres que produce junto con el capitalismo. Eso lo hago (lo hacemos) buena parte del tiempo y no dedicaré estas líneas a ello, pues quien tenga una pizca de curiosidad puede navegar por los estudios, las estadísticas y notas de periódico para empaparse de esa realidad.


Lo que digo es que una se piensa, se piensa, se piensaaaa…


No sé si le pasa a todas las feministas, pero a mí me pasa y le pasa a varias que conozco. Como feministas, nos pensamos de manera constante. Tratamos de hacer una autocrítica, la más dolorosa es aquella que nos señala construidas en el patriarcado y teniendo actitudes de subordinación (algunas más que otras, pero no nos libramos ¡carajo!) o de opresión hacia quienes tienen menos poder que nosotras. Estamos en esa tensión permanente entre el construir/defender/vivir la autonomía en medio de la subordinación/opresión que emerge cada tanto y que se manifiesta de distintas formas en las diversas relaciones que tejemos día a día.


Insisto, no sé si le pasa a todas las feministas, pero yo busco estarme pensando todo el tiempo –aunque duele-, pues darme cuenta de ello me acerca a dar un paso más en la construcción fragmentada de autonomía y libertad. También trato de reparar las consecuencias que pueda tener esa tensión (autonomía/subordinación-opresión) para con mi vida, para con lxs otrxs, para con mis relaciones, sean del tipo que sean. Una tensión constante, a veces (muchas, de hecho) a-go-ta-do-ra, pero también enriquecedora en tanto que posibilita el recorrido, personal e interno, de desmontaje del patriarcado asimilado a lo largo de la historia personal.


De ahí que me surge la pregunta ¿Ustedes, compañeros, se piensan? Es decir ¿se piensan, se piensan, se piensaaaan…?


¿Piensan en las formas en que el patriarcado les cala? ¿en la exposición a la violencia: recibida, ejercida? ¿en la exigencia de riesgo? ¿en el cercenamiento de las emociones consideradas “femeninas” ligadas al dolor, la vulnerabilidad, la tristeza, el miedo?


Pero más aún: ¿Se piensan desde la autocrítica? ¿Piensan en las contradicciones que enfrentan? Como el apreciar la autonomía femenina pero al mismo tiempo sentirse amenazados por las mujeres libres y autónomas y en consecuencia dejarles el espacio de interlocutoras amigas y relacionarse eróticamente con aquellas que tienen menos poder (intelectual, económico, simbólico) que ustedes. ¿Piensan en las tensiones que les produce el patriarcado? Como el ser heterosexual y sentir amor por un amigo y de pronto sentir el fantasma de la homosexualidad. El sentirse vulnerables y encubrir esa vulnerabilidad con otras actitudes. O el sentir miedo pero cacharse respondiendo como “hombre”.


¿Se piensan en las formas en que aún sin estar de acuerdo, avalan –de manera explícita o con el silencio- la misoginia de otros hombres? ¿Se piensan cuando tienen prácticas de dominio y que entran en contradicción con la idea de hombre libertario que tienen de ustedes mismos? ¿Se piensan cuanto tratan de zafarse de las labores domésticas y/o de cuidados? ¿Cuándo hay una mujer teniendo el control de las labores domésticas y/o de cuidados y ustedes no buscan problematizar y romper ese estereotipado rol?


Dice Jokin Azpiazu Carballo que cuando escuchan hablar de feminismo o de los problemas de la masculinidad surge una incomodidad que en lugar de ser reconocida, es acallada y –diría yo- al no ser reconocida se convierte en el motor que les lleva a solo reaccionar sin el asomo, siquiera, de tratar de comprender. ¿Se piensan cuando sienten en el cuerpo esa incómoda sensación que les produce la crítica a los privilegios masculinos? ¿Se piensan cuando toman de manera consciente esos privilegios? ¿Cuándo aun sin “tomarlos” reciben los beneficios de los privilegios masculinos que circulan en nuestra sociedad? Como cuando su palabra tiene mayor peso en alguna discusión frente a la de una compañera que está diciendo algo igualmente coherente que ustedes.


¡Esas son las preguntas que traigo revoloteando!


Yo creo que todo ser humano tiene contradicciones, tensiones. Mujeres y hombres dentro del patriarcado deben tener algunas compartidas y otras específicas por su condición de género. ¿Las reconocen? ¿Qué hacen con ellas?


Y lo pregunto porque muchas veces cuando hablo de esto (de mis tensiones y de la pregunta por sus tensiones) con algunos hombres, empiezan a incomodarse y hablan de otras cosas menos de lo que estoy tratando de poner en la mesa. Así pues, sé bien que muchos vendrán a comentar (desde la mesura hasta la violencia frontal) que mi reflexión no tiene sentido, que mis preguntas son tramposas y prejuiciosas. Algunos más, se saldrán del tema y hablarán de otras cosas, de todo menos de lo que estoy planteando, dirán que me equivoco, que no entiendo bien el feminismo. Dirán también que este tipo de reflexiones no abona, que separa, que no suma. Las feministas conocemos bien ese tipo de estrategias de distracción: las enfrentamos todo el tiempo y lo único que muestran es que la incomodidad se instala y les lleva a hablar de todo menos de lo que se está hablando.


Dirán, explicarán, objetarán, argumentarán…


Considero que en un mundo en crisis como el que vivimos tenemos que jugárnosla, arriesgarnos y poner en diálogo nuestras tensiones, reconocerlas, explicitarlas y permitir que produzcan. Creo que hay algunos hombres, por ahí, que sí se piensan, ¡bienvenidos al diálogo!. Créanme compañeros, que a muchas mujeres (sin hablar por todas evidentemente) nos gustaría construir desde la tensión reconocida, explicitada, puesta en cuestión y tratando de hacernos responsables, unos y otras, de la misma.


Por ello, espero que en lugar de poner de frente los fríos argumentos, las respuestas reactivas, las reacciones defensivas, las reflexiones sobre lo que nosotras hacemos o dejamos de hacer, pongan el sentipensar, pongan la experiencia vivida, las tensiones y compartan la reflexión honesta que les produce la pregunta ¿Se piensan… cómo/qué se piensan y qué hacen con ello?

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