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  • Roberta

(Im)perfectamente soltera

Fuimos al mercado de la Lagunilla a comprar mi vestido. No recuerdo más allá de rechazar todas las opciones que mi mamá y mi tía me mostraban, yo tenía en mente un diseño que seguramente había visto en alguna película o en las páginas de un cuento de hadas.




Mi cabeza de niña de ocho años no alcanzaba a explicar a ese par de adultas que necesitaba un vestido con muchas capas de tul, varios holanes en el faldón y algunos bordados finos en el pecho, más un velo con destellos –por supuesto- para la cabeza. En pocas palabras, sin saberlo ¡yo quería un vestido de novia! No me importaba mucho la primera comunión ni las sugerencias que hacían mi madre, mi tía y las vendedoras sobre elegir un modelo más sencillo para darle solemnidad a ese ritual con el que culminaba tantos viernes de catecismo y que a mí me habían parecido francamente aburridos y sin sentido.


Defendí, supongo, mi idea porque finalmente me llevé a casa una prenda ligeramente cercana a lo que imaginaba y contenta de poder portar un vestido lo más parecido posible a uno de novia. No tengo claro cómo me explicaba dicha fascinación, creo que ni cuenta me daba. Pero algo que sí sé, es que en ese entonces, después de vivir ocho años en el mundo tenía la sensación de saber mucho de la vida y de lo que sería mi futuro. Por ejemplo, a esa edad aunque mi vocación cambiaba todos los días, tenía “certezas” de quien sería yo… así quise ser maestra, arqueóloga y hasta estilista cuando conocí a Gabriel, un chico que me pareció muy simpático y que fue muy paciente al cortarme el cabello.


En la infancia, pensaba sobre eso y de vez en vez pensaba que me casaría algún día. Para tal efecto, sin saber en realidad qué significaba, varios años antes elegí a un par de candidatos a la grandiosa edad de cuatro años, inspirada por la amistad de algún niño que –según yo- me gustaba y que ahora entiendo era un bello enamoramiento pueril que respondía a la atracción espontánea por encontrar un buen compañero de juego. No obstante, curiosamente eso -el matrimonio-, no ocupaba tanto mis pensamientos porque era algo ya dado. Ne tenía que detenerme a pensarlo demasiado pues eso le sucede a todas las mujeres ¿no? Era ¡una verdadera obviedad! ¿para qué dedicarle tanto tiempo a algo que es parte de tu destino? Era tal la certeza de que sucedería que decidí ensayar con ese pompón vestido en mi primera comunión y seguramente habría tomado como una broma muy absurda el que alguien me dijera que 34 años después iba a estar perfectamente soltera.


Pasó el tiempo y vinieron las alegrías y las decepciones amorosas. Vino la universidad, llegó el feminismo, me cuestioné el amor, me enamoré, me desenamoré, me enamoraré nuevamente, me titulé, seguí estudiando, me volví a desenamorar, emprendí varios proyectos, viajé. Un día me di cuenta que no estaba en mis planes casarme. No sé, simplemente sucedió.


Hoy soy una mujer soltera y me pongo a pensar si esa niña viniera y preguntara por mi vida (por nuestra vida) ¿qué le diría? Creo que me darían ganas de decirle que la soltería me ha caído muy bien, que no es tan mala como la pintan y que hasta ahora ha sido una valiosa oportunidad para tener un espacio propio en todos los sentidos (físico, emocional, económico); que la soltería sabe muy bien cuando tienes un grupo de personas alrededor que también son solteras; que soy feliz y que nunca como ahora me parece una gran estafa eso que de niñas nos dijeron de que en la vida en pareja estaba la felicidad absoluta (¡Cómo si hubiera felicidad absoluta en algún lado!).


Pero creo que tendría que decirle también otras cosas. Me gustaría hablarle de las tensiones, de las contradicciones y de las dudas. Que hay tantos discursos sobre la soltería, que pueden susurrarnos y atraparnos, y por momentos hacernos trampa para meternos en conflicto. Al menos se me ocurren dos: Por un lado, aquellos que dicen que la soltería es lo peor que puede sucederle a una mujer, más aún si ha superado los 25 años (¡Por todas las diosas! ¿Dónde quedo yo a mis 41 y soltera?). Las escenas del futuro son terroríficas… quizá podría resumirlas en morir sola, absolutamente s-o-l-a y devorada por los gatos callejeros de la cuadra (un poco exagerado, pero en verdad ¿no son terroríficas las imágenes y las historias que nos contamos sobre la soltería como sinónimo de soledad solitaria en aislamiento total?).


Por el otro lado, hay otros discursos que considero no ocupan el mismo lugar y ni por error tienen la misma fuerza; es más diría que son bastante débiles y que una debe rascar mucho para poder sacarlos a la superficie. Creo que de la mano de mis amigas, maestras y colegas feministas he podido escuchar otras voces que contrarrestan la idea de la soltería como un lugar de soledad solitaria en aislamiento total. Eso ha sido una joya en el camino pues me han animado a no temerle a la soledad y aclaro que no cambiaría por nada la oportunidad de haber escuchado estas otras voces y desprenderme de los miedos a la soltería. Pero de esas voces hay un pequeño paso para otro discurso –nada amable tampoco- que me ha empezado a incomodar desde hace un tiempo, me refiero a la versión idílica de la soltería.


Me preocupa, porque no hay experiencia de vida que sea pura. No existe el totalmente blanco ni el totalmente negro, así como tampoco existe el la soltería es una tragedia como el la soltería es pura felicidad. Cuando un discurso nos recluta, nos obstaculiza el mirar la riqueza de nuestra vida. Si me atrapa el de la tragedia quizá me pierda de ver/reconocer/apreciar tantas experiencias diversas y enriquecedoras de mi biografía más allá de la biografía amorosa. Lo mismo sucede con el otro extremo. Si me seduce el discurso de la pura felicidad ¿qué espacio dejo para los momentos donde no todo marcha bien? ¿qué permiso me da ese discurso de sentir sinsabores y qué vías me deja para procesarlos? ¿qué nivel de exigencia de ser estable, perfecta y feliz se construye?


Es que hoy en la vida siento que ninguno de los dos discursos me representa. Porque soy feliz en mi soltería, me siento tranquila la mayor parte del tiempo y me resulta enormemente placentero poder revolcarme entre las sábanas de mi cama sin temor de empujar a nadie; decidir un día desayunar algo cien por ciento saludable y a la noche siguiente saborear una cena sin pudor; o tener un orgasmo auditivo sola al escuchar a todo volumen aquella canción que me dio por tararear durante la ducha.


Así es, disfruto mucho… aunque también vivo muchas tensiones y contradicciones: la soltería también es eso. Hay semanas que me encuentro fabulosa y eso no significa que cierro toda posibilidad a compartir el disfrute de mi soledad con alguien eróticamente elegido sin dudar de lo mucho que cuido mi espacio, autonomía y tiempo propio. Otras veces, siento una nostalgia extraña que no se explicar o con un poco de temor, pienso cómo será mi vida en la vejez, cómo será la soledad y cómo será cuidar de mi misma sin seguridad social… para que cuarenta y cinco minutos más tarde esté con una amiga entrañable y en medio de las risas y las palabras sienta que no necesito nada más y que un futuro con esas redes de amistad parece un buen plan.


Así que si tuviera la oportunidad de conversar con esa pequeña que fui quisiera advertirle de esos discursos porque al final ambos son muy ingratos e incluso agresivos con una misma. Decirle que el patriarcado los usa de manera magistral en nuestra contra, pues nos juzga y/o atemoriza muy severamente cuando la perfección que piden no es cumplida: O estás fallando por estar sola y no cumplir el guion matrimonial a cabalidad. O estás fallando por estar soltera y no ser feliz todos los malditos días del año (“¡Eso querías! ¿no?”). Y pues no, la cosa no es así, la soltería no debería ser un drama, pero igual no debería ser vista como la promesa/exigencia de un mundo de estabilidad y felicidad absoluta (como tampoco lo es emparejarse, ni ninguna situación de la vida).


Así es, así está siendo… es un ir y venir y eso quisiera decirle a esa niña-yo. Eso le(me) diría. La tomaría de la mano y compraba el vestido de holanes, con bordados y destellos y al mismo tiempo le preguntaría sobre sus sueños de ser maestra, arqueóloga y estilista. Le contaría mi experiencia para decir que no sé si cumplo bien el molde de soltera fantástica, pero que la soltería tampoco es un mal lugar, ni una mala palabra. Y que lo mejor de todo está siendo poder ser (im)perfectamente soltera.

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