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  • Roberta

Volví a caer...

Volví a caer: Tres palabras que he escuchado repetidamente en los últimos meses en conversaciones con diferentes mujeres que se han cruzado en mi camino, en la amistad, en el consultorio enfrentando esa intensa y paulatina experiencia que es decidir terminar una relación de pareja.


Con ellas voy pensando, pensándome, me asaltan los recuerdos y doy una nueva vuelta a ese tema tan común pero tan expropiado por los discursos dominantes.


Una piensa que terminar una relación es un acto. Que lo decides, le pones fecha y listo. Que es difícil, sí, pero que se logra haciendo gala de la contundencia y la frialdad calculada. Como acto marcado en el tiempo, se piensa que después de lograrlo debe haber un tiempo justo para dejarlo atrás y superarlo.


Pero las historias cotidianas desafían ese guion de manera insistente, se asoman y se burlan de sus aparentemente sólidas ideas, las contradicen y las ponen en tensión. Historias que se sintetizan en frases como: “pensé que ya lo había superado y hoy volví a sentirme mal”, “no paro de llorar, no sé qué me pasa… me sentía tan bien”, “de repente lo extraño”, “ya estaba haciendo mi vida y ahora de pronto la extraño”, “le llamé, no entiendo por qué lo hice”, “me caí otra vez”… “Volví a caer”.


Cada una de estas breves historias pretenden ser la evidencia de lo lento que avanzamos, de los retrocesos que tenemos o –peor aún- nos quieren convencer de que estamos estancadas en el mismo lugar. Ponen de frente leyendas que albergan mensajes sobre nuestra supuesta incapacidad, debilidad y/o dependencia. Todo esto sucede cuando el lente con el que miramos es el confeccionado con el discurso que afirma que terminar una relación es un acto.


Pero podemos desafiar esa idea y pensar que cada “retroceso” no es un fracaso sino reflejo de que el rompimiento es un proceso paulatino que demanda una energía emocional específica y que –muchas de las veces- busca momentos de descanso y tregua. Son momentos que nos ayudan a ir gestionando el dolor que implica una pérdida, es decir, nos van ayudando a separarnos pausadamente para ir asimilando de a poco.


Por ello, más que retrocesos pensaría que son momentos en los que se traslapan el tiempo, el espacio y los sentires de los que venimos y a los que nos dirigimos. Una necesita paciencia para comprenderse, para respetar los ritmos de manera amorosa y saber que cuando decidimos emprender un nuevo camino, el cambio de paisaje va siendo gradual, casi imperceptible… que el rompimiento no es un acto sino un trayecto que hay que transitar.


Pensarlo como proceso, también nos ayuda a subrayar que si percibimos que volvimos a caer es porque sabemos lo que significa estar de pie, que ya lo hemos logrado otras veces y que por tanto lo podemos volver a lograr. Que entre una “caída” y otra hay momentos de movimiento donde damos pasos nuevos, respiramos y aligeramos la marcha. Que entre una caída y otra hay periodos en que la fortaleza, la alegría y la esperanza nos visitan para ayudarnos a refrendar nuestra decisión. Es decir, si percibimos que volvimos a caer, significa que sabemos lo que es estar de pie y, más aún, implica el reconocimiento de que sabemos que podemos levantarnos nuevamente.


Pienso, entonces, que mirar el rompimiento como proceso abre espacio para ser más comprensiva con una misma, respetuosa de los propios ritmos y poner atención a las necesidades cotidianas. En pocas palabras, abre la posibilidad de darle la mano a la paciencia y al auto-cuidado para que nos acompañen también durante esos momentos en que sabemos que “volvimos a caer”.


(Nota: He escrito este texto en femenino por el hecho de ser reflexiones tejidas a partir del diálogo con otras mujeres. No significa, entonces, que necesariamente sean vivencias exclusivamente femeninas)




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